miércoles, 3 de junio de 2009

Descanso


En el suelo, desmadejada, rota por el dolor; su cara, oculta por su oscura melena despeinada; la mejilla ardiendo, contra la fría baldosa húmeda por la salitre de sus ojos; las manos en el regazo; el camisón, teñido de sangre; las venas, abiertas a mordiscos de desesperación; las palabras, los gritos, clavados al paladar; el dolor, invisible, oscuro, profundo, penetrante como un clavo al rojo vivo; los ojos abiertos, la mirada desnuda y triste. No ve nada, no ve a nadie, sólo oscuridad y su propia vida carente de sentido. La certeza de que nadie vendrá a rescatarla, nadie la protegerá, nadie la mecerá entre sus brazos, nadie la extrañará. No. Nadie. No a ella. Es el fin. Es…

Añoranza


Extraño tus ojos llenos de vida y deseo, turbadores, penetrantes hasta el punto de casi herirme.

Echo de menos tus labios, suaves, sensuales, que sacian la sed que tu sola presencia torna en insoportable.

Añoro tu cuello y el olor que lo acompaña, inconfundible, sensual, y reposar mi nariz en ese huequecito que se forma en el punto exacto en el que cuello y hombro se funden para poder aspirar tu aroma.

Echo en falta tus brazos, que me amarran como cuerdas a tu cuerpo; y esas manos sabias, con su costumbre de recordarme mientras duermen que mis pechos han sido hechos a su medida.

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